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Recuerdo que aquel día estaba bastante nervioso, era normal, pues iba a dar un paso importante en mi vida. Atenas había amanecido preciosa. Me desperté temprano, no podía dormir y casi desnudo salí fuera a contemplar aquel soleado día de finales de Abril. La ciudad estaba resplandeciente, como de costumbre. La Acrópolis destacaba por encima de la ciudad, y en él, el majestuoso Partenón. He de reconocer que todo aquello relacionado con los Dioses me causaba mucha impresión., y porque no decirlo, algo de miedo.

Tampoco era extraño, pues aún era joven. Acababa de cumplir los 18 años, aunque mi cuerpo dijese que tenía unos cuantos menos. En verdad, no los aparentaba. Era delgado, no demasiado alto, de piernas largas y cintura estrecha, a penas con vello. Un culito respingón y tierno. Mi cara, de crío. Labios carnosos, ojos verdes y cabellos de un rubio que se oscurecía conforme pasaban los años.

Había acabado las clases y solo me faltaba el último periodo de la educación, según algunos, el más importante. Mi madre decía que si aquel día no me elegían, deshonraría a la familia. Yo no quería ser una deshonra, y por eso mismo estaba muy nervioso y mi barriguita me hacía ruidos extraños. ¡Quería que todo pasase ya!

Fuimos hasta el ágora andando, mis padres y yo. Pasamos por delante del Templo de Zeus, y no pude evitar estremecerme. Cuando llegamos allí, todavía me puse más nervioso. Aun puedo sentir el bullicio de la gente aquel día de Abril. Era demasiado. Hombres y mujeres se amontonaban cerca de una especie de escenario de madera que habían colocado en el centro de la plaza. Ya había algunos efebos como yo arriba, alguno lo conocía de las clases. Esto me tranquilizó un poco.

Al acercarme, sentí como si todos me estuvieran mirando, sobre todo los hombres. Algunos lo hacían con mirada lujuriosa que intentaban disimular. Me sentía observado, me miraban de arriba abajo. Me estaban poniendo muy nervioso así que me limité a mirar al suelo, a observar mis sandalias mientras andaba hacia el “escenario”, sin conseguir evitar enrojecerme. Era tímido, lo reconozco.

Subí y saludé a los compañeros. Mi madre me había vestido con mis mejores ropas. La clávide era de un blanco puro, como de ángel. ¡Era una túnica nueva! El cinturón, de mi padre, de los mejores y en la frente, una cinta para aguantar mis cabellos. Estar arriba aún era peor. Las piernas me temblaban un poco y aunque el aire fresco de la mañana entraba por debajo de mis ropas haciéndome algo de cosquillas en el culito, no podía evitar sudar, como en pleno mes de Agosto.

Entonces llegaron ellos. Uno de aquellos hombres sería a partir de hoy y durante unos 60 días mi pedagogo. Había siete. Siete para nueve muchachos. ¿Me elegirían a mí? ¡Estaba tan nervioso! Todos pasaban los 30 años, todos menos uno. Y en ese fue en el que me fijé. Era joven, guapo, muy guapo y muy atractivo. Bueno, la verdad es que era la primera vez que sentía algo así. La primera vez que sentía atracción por un hombre. ¡Pero él lo merecía! Cuando subió al “escenario” lo pude observar mejor. Era alto y fuerte. Tenía una musculatura bastante desarrollada. Las piernas eran muy fuertes, llevaba unas botas de piel que le sentaban de fábula, y los brazos… ¡Ay, los brazos! Aquello era un hombre de verdad… Con unos bíceps muy marcados y la piel tostada por el sol. En su brazo derecho, un brazalete de oro puro, aprisionando su músculo… Su cara, muy viril. Labios carnosos y ojos de color miel. El color de sus cabellos, oscuro, muy oscuro. ¡Quería que fuera él mi maestro! ¡Por Zeus!

Cuando todos estaban arriba, un hombre más anciano, habló al público, anunciando que en unos momentos cada pedagogo elegiría a un muchacho con el que pasaría dos meses educándolo. No mentiría si os digo, que todos aquellos hombres me miraban a mí, observándome atentamente, algunos, con aquella mirada lasciva que ya había notado anteriormente. Desafortunadamente, todos menos él. ¡Vaya! Que sorpresa me llevé cuando mi hombre preferido iba a ser el primero en elegir. Se llamaba Alcibiades, y era el más rico de aquellos siete hombres, y por tanto tenía derecho a elegir primero. Se paseó por delante de nosotros. Nos habíamos puesto en fila, y el se acercaba a cada uno, mirándonos detenidamente. A algunos los tocaba un poco.

El corazón me dio un vuelco cuando se paró delante de mí y me miró fijamente a los ojos. “¿Tu nombre?” me susurró sin que los otros le oyeran. “Ganímedes” respondí tímidamente. Se acercó un poco más, luego se puso detrás de mí, y levantó levemente mi túnica para acariciar mi trasero con delicadeza, jugueteando con la fina tela que separaba mi culito de su mano. Empecé a sentir una erección y vi como mi túnica se levantaba. Puse las manos delante y me sonrojé. Creo que todos lo notaron, aunque sospechosamente, a nadie le importó. “Tienes un culito precioso, Ganímedes” me susurró al oído, mientras me volvía a sonrojar.

Estuvo paseándose un rato más observando a los demás muchachos, hasta que se detuvo para anunciar cual sería su pupilo. Dijo algo al anciano y este anunció “¡¡¡Ganímedes será el pupilo de Alcibiades!!!” ¡Los Dioses me habían ayudado! Sentí una emoción enorme, así como una gran felicidad, pero no pude evitar que me temblara todo al bajar junto a él del escenario. Observé como los demás pedagogos hacían muecas y comentaban cosas entre ellos, mientras me observaban disimuladamente. Mi madre estaba muy orgullosa de mí. Ella y mi padre me felicitaron con un fuerte abrazo. Decían que era un enorme honor que Alcibiades me hubiera elegido, alguien tan respetado en Atenas y con tanta riqueza sabría educarme de la mejor forma y convertirme en un verdadero hombre…

Acabado el acto me despedí de mis padres, triste y al mismo tiempo excitado, me dirigí a donde se encontraba mi nuevo maestro. ¡Era como un Dios! “Venga, sube a ese caballo, que nos vamos, pequeñín.” Me dijo con seriedad y al mismo con ternura. ¡Pequeñín! ¡Me encantó la forma como había sonado!

Durante el camino, me limité a observarlo mientras el cabalgaba lento, sereno, y seguro de si mismo. Yo en cambio era más torpe, pocas veces había subido en un caballo, de hecho se veían pocos por la ciudad. Nos dirigíamos a una cabaña en las afueras de Atenas y permaneceríamos allí solos hasta principios de Julio. Observaba sus brazos musculosos y morenos del sol, su brazalete esplendoroso, sus piernas fuertes, y ese bulto que se formaba en su entrepierna, debajo del cinturón y la túnica… Tenía en todo momento una actitud muy masculina, pero también muy elegante, misteriosa y seria. Me sentía atraído por él, no lo podía evitar. Nunca antes había sentido algo así, ni siquiera por una chica. Me daban ganas de ser suyo, de que me abrazara, de que me acariciara y mi besara… En esas estaba cuando me di cuenta de que habíamos llegado. Me encontré a Alcibiades ofreciéndome su mano para ayudarme a bajar. Me disponía a hacerlo cuando exclamó “Creo que tu y yo nos llevaremos muy bien” y me guiñó un ojo mirando hacia mi entrepierna. ¡No me había dado cuenta, estaba completamente empalmado!

La cabaña era pequeña, de madera, tenía como dos “habitaciones”. En una dos camas, una enfrente de otra, por lo que supuse que dormiríamos juntos. Me recorrió todo el cuerpo una sensación extraña, de miedo y al mismo tiempo de excitación. La noche llegó y así fue, dormiríamos en la misma habitación. “Yo duermo desnudo, espero que no te importe” Me dijo, a lo que yo contesté con una negación con la cabeza y una subida de colores… Se fue quitando la túnica y se quedó con una especie de taparrabos. La visión era maravillosa. Tenía un cuerpo espectacular, unos pectorales bastante desarrollados y un estómago firme con abdominales marcados… Pero, fue cuando se quitó el taparrabos, cuando me quedé boquiabierto. ¡Tenía una polla enorme! Quizás serían casi dos palmos míos en estado normal… Nada que ver con la mía, aún bastante pequeña… Se acostó sobre la cama, se cubrió con unas pieles y me dio las buenas noches. Aquel día dormí con la misma ropa, sin cambiarme… ¡Me daba vergüenza! No lo podía evitar, y más después de haber visto aquel pedazo que me acomplejaba…

El tiempo fue pasando y yo me fui acostumbrando a mi maestro. Pasaron tres semanas y había cogido bastante confianza con él. Me enseñaba sobre todo, a realizar actividades que requerían esfuerzo y destreza física: cazaba, recolectaba frutas de los árboles, hacíamos ejercicios y deportes y a veces también repasaba lo aprendido en el colegio en los últimos años, ya sabéis, la escritura, literatura, música, etc.

Por supuesto, ya no me daba vergüenza que me viera desnudo. Muchas veces nos dábamos un baño juntos en un riachuelo cercano. Me había acostumbrado ya a aquella impresionante visión, aunque no por ello dejaba de maravillarme su cuerpo. De todas formas, no era yo el único que miraba. Había notado ya varias veces sus miradas furtivas a mi trasero mojadito al salir del río, y a veces estando bañándonos empezábamos a jugar tirándonos agua y acababa cogiéndome entre brazos y lanzándome al agua, mientras entre risas y empujones aprovechaba para sobarme disimuladamente y acercarme su miembro semierecto a mi culito, apretándolo contra mí para que pudiera sentirlo. A mi todo esto me ponía muy caliente y muchas veces me empalmaba, aunque intentaba disimularlo.

Recuerdo, una vez que él salió primero de tomar el baño, mientras yo seguía en remojo, pues ya estábamos en junio y empezaba a hacer bastante calor. Él se tumbó en la hierba, apoyado sobre un árbol, tomando el sol para secarse, mientras yo seguía nadando, jugando con el agua, etc. No dejaba de observarme. Parecía feliz al verme y de repente, sin más, puso su mano sobre su verga y lentamente empezó a acariciarla mientras me miraba. Después la cogió con su mano derecha y poco a poco empezó a masturbarse. Yo en aquella época no sabía de qué iba aquello. Era muy inocente, pero muy curioso también. Su polla había comenzado a crecer y aquello se hacía de un tamaño inimaginable. Sorprendido, salí del agua y le pregunté que qué hacía. Empezó a reírse, y me dijo “Ven, siéntate a mi lado, que veo que aun tengo mucho que enseñarte, pequeñajo” Tan obediente como era, me senté a su lado, por supuesto, desnudo y semierecto (había logrado controlarme un poco). Su polla ya estaba muy dura, en plena erección y debía doblar el tamaño de la mía… “Bueno y ¿que haces? ¿Para que sirve?” le pregunté con curiosidad. “Mira, Ganímedes, esto que hago se llama masturbarse, y sirve para darse placer, básicamente. ¿Por qué no pruebas? Solo tienes que frotar, a tu ritmo” “¿Yo puedo?” pregunté excitado. Mi polla ya se había empinado y empecé a masturbarme lenta y torpemente. Me miró como lo hacía y dijo “para, paraaaaa… A ver, tienes que hacerlo con más delicadeza, buscando darte placer… Mira, hacemos una cosa, coge mi rabo, y intenta hacerlo lo mejor que puedas y yo te diré si lo haces bien o mal…” ¡Que listo era mi maestro! Yo inocentemente, cogí su rabo grueso y duro. Casi no lo podía rodear con mi mano, cosa que me excitaba aun más. Así, visto de cerca, era aún más bonito. Tenía un glande rosado y un tronco gordo y largo, recorrido por potentes venas… Empecé a masturbarle, torpemente otra vez, mientras él me daba indicaciones “mas lento, más fuerte, así, etc”. A mi me gustaba mucho tener su polla caliente en mi mano y empecé a pillarle gusto a eso de “masturbarle”. Él no dejaba de gemir, y acerco su mano y empezó a acariciarme el pecho y después las piernas… Sus gemidos se fueron haciendo cada vez más poderosos, cuando de repente eyaculó potentemente y toda su leche cayó en mi cara. Me asusté y me aparté, mientras salían los últimos disparos, aun bastante potentes, acompañados de sus gemidos. “Si, ¡mi alumno! ¡¡Lo has hecho muy bien!!” Aquel día me explicó qué era el semen y para que servía. Lo entendí, y nuevamente volví a avergonzarme un poco por haberme asustado tanto al ver que salía aquel líquido blanco… ¡Era tan inocente!

Pasaron algunos días y la relación se hacía cada vez más excitante. Mi maestro aprovechaba siempre para levantarme la faldilla y darme un cachete en el culo, para sobarme mientras nos bañábamos o para exhibirse, mostrando su falo en toda su plenitud, durante nuestras masturbaciones “conjuntas” que eran ya habituales.

Fue en aquellos días, cuando recordé los rumores que se oían en el colegio, lo que decían algunos compañeros. Se hablaba de que los pedagogos conseguían tener una relación muy estrecha con sus pupilos, tanto que llegaban a tener sexo con ellos. No era algo que lo hicieran por placer, o eso decían, sino un paso más para convertirlos en unos verdaderos hombres adultos. Los más atrevidos hablaban de penetraciones, de que nuestro maestro “nos la iba a meter por el culo” y cosas así. Yo, naturalmente, en aquella época entendía poco de aquello. No tenía ni idea de lo que era una penetración e ignoraba por completo que el “ojete” sirviera para algo más que para cagar…

Faltarían dos semanas o así para que acabara el proceso educativo, y yo intentaba no pensar en ello. Me gustaba mucho lo que estaba viviendo, las nuevas experiencias con mi maestro, el día a día. Pero sobre todo me gustaba él. Alcibiades era para mí un ídolo, alguien a quien imitar y adorar. Lo sabía todo, o eso me parecía. Me había enseñado muchísimas cosas y no podía evitar sentir una increíble admiración hacia él. A veces pensaba en amor, pero por entonces no sabía si aquello podía existir entre dos hombres. Solo sabía que me gustaba estar con él, que le tenía mucho aprecio, y que a parte, me excitaba mucho…

Entonces llegó aquel día tan especial. Lo recuerdo como si fuese ayer. Hacía calor, mucho calor, y el ambiente era muy húmedo. Sudábamos, aunque el sol no pegaba con fuerza. Es más, se acercaba algún nubarrón amenazador. Fuimos a darnos un baño cuando el sol se estaba poniendo… Aún había luz natural… Aquel día el agua estaba calentita, deliciosa, igual que él, sudado, muy atractivo, tan viril como siempre. Yo, algo quemado por el sol de días anteriores. Mis mejillas sonrosadas, y los labios muy rojos…

Nos dimos el baño como de costumbre, con nuestros jueguecillos acuáticos incluidos…Y al salir, como de costumbre también, nos tumbamos en la hierba para secarnos y masturbarnos como siempre. Quise coger el miembro erecto de mi maestro (¡verdaderamente me gustaba!) pero antes de empezar me detuvo diciéndome “Espera Ganímedes, hoy lo haremos de forma diferente” Puse cara de decepción. “No pongas esa carita, ya veras como te gusta… Confía en tu maestro. Se que te gusta mi polla, y también sé que hace tiempo que no comes carne… Hoy comerás carne” No entendí a que se refería… “¿Carne? ¿Cazaremos? ¡Pero si ya es de noche!” En verdad ya había oscurecido, pero aun hacía mucho calor y allá afuera se estaba muy bien… “Si, vas a comer carne, y de la mejor” Diciéndome esto, me tomó por la cabeza, y me la acercó a su miembro erecto y como siempre, enorme. Lo tenía más cerca que nunca, lo podía incluso oler… Un olor extraño pero muy excitante. “Ahora come, cómemela y hazlo lo mejor que sepas…” Me dijo esto con una voz extraña, lujuriosa. Y mientras, me empujó la cabeza con la mano hacia su miembro, como obligándome. Mis labios tocaron la puntita, y empecé a besarla, primero lentamente. Saqué la lengua y empecé a lamerla, como si fuera un gatito. La lamía entera, todo el tronco y empecé a oír sus primeros gemidos. “Venga, ahora come. ¡Trágatela toda!”

Era un alumno muy obediente así que sin rechistar obedecí. Abrí mi boquita y metí la cabeza de su rabo en mi boca y él fue empujando mi cabeza para que su polla se fuera introduciendo en mi boca casi en su totalidad. Era muy grande, muy larga y muy gorda y no pude evitar tener una arcada, por lo que me permitió sacarla un poco, pero sin dejar de chupar. Aquello me empezó a gustar y poco a poco fui cogiendo ritmo. Mi cabeza subía y bajaba, y sus gemidos se elevaban cada vez. Mientras tanto, él me decía que era un alumno muy aventajado y que lo hacía muy bien para ser mi primera mamada. Yo estaba muy feliz de ver que le estaba dando placer a mi querido pedagogo y también, lo he de reconocer, muy cachondo. Mi pene estaba tan erecto como el suyo, pero claro, en cuestión de tamaño no tenía comparación.

Seguía chupando sin parar… “¡Tienes hambre!” Me gritaba él mientras con su mano marcaba el ritmo de la mamada… Poco a poco, mientras yo estaba ocupado con lo mío, fue deslizando su otra mano y empezó a acariciarme, o más bien a sobarme. Primero la espalda, y después mi culito, respingón, y en pompa, como pidiendo a gritos que lo tocaran. Me acariciaba las nalgas, suaves, con apenas vello, y poco a poco fue buscando con sus dedos mi agujerito.

Todo aquello me estaba poniendo a mil y lo demostraba chupando con muchísima pasión…Después de haber jugueteado con mi esfínter, intentó introducirme un dedo previamente ensalivado en mi agujerito, y lo consiguió. No pude evitar sacarme aquel pollón de mi boca para soltar un gemido de placer. “¡Con la boca llena no se habla!” me gritó en un tono divertido y agresivo al mismo tiempo… Seguí con lo mío, mientras el seguía metiendo y sacando su dedo… ¡Que placer estaba sintiendo! Me cogió de la cintura, no se como lo hizo, pero con la fuerza que tenía no le costó mucho poner mi culito cerca de su cara. El estaba tumbado, yo encima de él siguiendo con mi trabajo… mientras él metía y sacaba un dedo. Luego fueron dos. Poco a poco mi agujerito se iba abriendo y acostumbrándose a sus nuevos inquilinos… Solo podía sentir placer, un placer distinto a todo lo que había sentido anteriormente. Mi cara estaba sonrojada, mis labios húmedos… Todavía fue mayor placer el que sentí cuando cambió sus dos dedos por su lengua. ¡Iba a estallar! No imaginaba que existiera algo así… Su lengua actuaba en mi culito como un pene diminuto, empujando mi esfínter, trabajándolo, dilatándolo. Me daba mucho gusto y al mismo tiempo cosquillas, por lo que no podía contenerme, y se me escapaban los gemidos…

De pronto su polla empezó a endurecerse, su cuerpo se tensó e introdujo lo máximo que pudo su lengua, cuando de repente y sin avisar empezó a eyacular… Un chorro potente de leche blanca me inundó la boca, al mismo tiempo que mi maestro estallaba en gemidos. Mi reacción fue apartarme en seguida. “¡Trágatela, trágate toda la leche de tu maestro, es muy nutritiva!” Obedecí, con algo de asco al principio, lo reconozco y me fui tragando esa enorme cantidad de leche, blanca y viscosa que inundaba mi boca… Él dejo de lamerme, simplemente se quedó acostado, como cansado y yo me quedé con mi cabeza al lado de su polla, apartando mi culito para poder observar la belleza de su rostro. ¡Era tan atractivo!

Las primeras gotas de lluvia, empezaron a caer. Ya había oscurecido y solo la luz de nuestra pequeña hoguerita en la cabaña iluminaba nuestros cuerpos. Aún hacía calor. Empezó a llover bastante, aunque ahí seguíamos, inmóviles. Él me acariciaba la cara y el pelo, yo solo descansaba sobre su abdomen, notando como respiraba. Llovía. Llovía mucho, y nos estábamos empapando por completo. Había mucho cariño en sus caricias y aquello era incluso mejor que lo que acababa de vivir…

“Venga, Ganímedes, para dentro que nos vamos a resfriar… ¡Hoy has aprendido mucho, pero aun tienes que aprender más!” Me cogió en brazos. Yo me quedé un poco extrañado pero le dejé hacer… Entramos en la cabaña, desnudos, mojados… Me dejó en su cama, que era la más grande de las dos. Estaba acostado, un poco raro, pero feliz. Entonces él se puso encima mío… Su cara frente la mía… Notaba las gotas que caían de su pelo mojado. Otras resbalaban por su frente, después por su nariz, y finalmente caían en mis labios…

Me acarició la cara con delicadeza, mirándome fijamente a los ojos… A fuera se oía el sonido de la lluvia y algún trueno de vez en cuando… La situación era muy romántica, sin duda. Había magia en el ambiente… Me encanta sentir el sonido de la lluvia. Sus labios se fueron acercando a los míos, hasta que se fundieron en un beso delicado, pero profundo. ¡Me había besado! ¡Era tan feliz a su lado! “Alcibiades, yo…” iba a decir algo, pero él me detuvo, poniendo un dedo sobre mis labios, y emitiendo un “Shhhhhh” en señal de silencio. Callé.

Me besó nuevamente y con sus manos fue acariciando todo mi cuerpo, mi pecho, mi cara mis piernas, mi pene… Sin más cogió su miembro, erecto otra vez… Me miró con cariño y con lujuria a la vez. Lo puso apoyado en mi agujero y empezó a empujar, intentando metérmelo… Yo estaba asustado y aquello no se abría. Era muy grande y sabía que me iba a doler… “Ey, pequeñín, tranquilo, confía en mi. Ahora serás mío y estoy seguro de que te gustara… Sólo relájate…”

Intenté relajarme al máximo. Abrí mis piernas, me concentré en hacerlo fácil… Él la volvió a poner en mi culito y empujó. Esta vez si que entró. Lentamente, aquel monstruo fue invadiendo mi cuerpo, llenándome con su virilidad… Se detuvo y pensé que lo peor había pasado, que ya estaba toda… “Ánimo, ¡que solo queda la mitad!” ¡¡Por Zeus!! ¡¡Aquello me iba a reventar el culito!! Me asusté y fue peor, pues el siguió empujando, sin importarle que tuviera miedo. El dolor fue desgarrador. Grité y me tapó la boca… “¡¡Tranquilízate, joder!! Tienes que hacer esto si quieres convertirte en un hombre de verdad. Ya está toda, ¿ok? Relájate…”

Ahí estábamos, el encima de mí, yo abierto de piernas con toda su falo dentro de mí… Entonces el empezó, lentamente, metiéndola y sacándola… Puso mis piernas sobre sus hombros… y fue acelerando el ritmo… El dolor fue desapareciendo, y convirtiéndose en un calorcito extraño… La metía y la sacaba, con movimientos rítmicos. Sentía su respiración acelerada, sus huevos chocando con mi culito, sus brazos fuertes apoyados en la cama… El agua, que aún resbalaba por su cuerpo, mezclado con el sudor que goteaba… Eran gotas como las gotas del placer…

Empecé a sentir un placer extraño, diferente, a jadear y a gemir, A él esto aún le excitaba más y aceleró el ritmo de sus embestidas… De vez en cuando me la metía hasta el fondo y se me escapaba un grito de dolor y placer, al cual él respondía con una sonrisa lujuriosa… Su mirada se clavaba en mis ojos y su expresión a veces era agresiva. La metía y la sacaba y yo mientras me apoyaba en sus nalgas perfectas…De pronto se detuvo y me la sacó. Me quedé algo sorprendido y decepcionado… ¡Yo quería que siguiese! “¡Venga, contra la pared!” Aún estaba con las piernas abiertas, algo atontado, y no reaccioné… “¿¿¿No me has oído??? ¡Ponte contra la pared!” Gritó mi maestro, muy autoritario… Le obedecí… Ya dije que era un alumno muy obediente… Me levanté, totalmente empalmado y me puse de pie, cara a la pared… Él también se levantó, me miró lujuriosamente, me cogió por las caderas con fuerza, como si fuera un muñeco y me atrajo hacia él, mientras me sobaba el trasero… “Este rico culito va a ser todo para mi…” Y diciendo esto me la metió otra vez de golpe. Grité de nuevo y empezó nuevamente aquel mete-saca, esta vez más salvaje… Me manipulaba a su antojo, follándome a su ritmo, y yo solo podía gemir y gritar de placer… Era un placer extraño, diferente, pero placer era… “Eso es, gime, gime, que sé que te gusta… Se que te gusta más que a ningún otro de mis alumnos… Pensaban los demás que se quedarían con este culito tierno… Pero a mi nadie me gana… ¡Este cuerpo iba a ser para mi!”. Alcibiades estaba más excitado que nunca y me follaba sin compasión, perforándome… No lo reconocía… Yo también estaba muy caliente y mi mano inconscientemente, se dirigió a mi polla, para masturbarme… “¡No te toques! ¿No disfrutas ya bastante con mi polla? ¿O es que no tienes suficiente? ¡Ahora verás!” Diciendo esto aceleró el ritmo de sus embestidas y se hicieron aun más salvajes. Me la metía hasta el fondo, y yo solo podía apoyar mi cara en la pared, gimiendo… Era completamente suyo y con cada nueva embestida sentía un poco más de placer, cada vez un poco más, hasta que…

De pronto, el placer fue tal que me corrí sin tocarme ni un poco… Eyaculé muchísimo, como un auténtico hombre…Mi esfínter se contrajo al eyacular, cosa que volvió loco a Alcibiades… “¡Como aprietas, pequeñín! ¡Ahora verás como se corre un auténtico macho!” Y más que verlo lo sentí. Empezó a eyacular como un toro, inundándome por completo el culito. Era como una fuente que echaba leche a presión… Mientras se corría me dio un par de cachetes en el trasero y me dijo que me había portado muy bien en la lección de hoy… Me la sacó y se acostó en su cama… “Ven, hoy dormirás conmigo.” Fui a su lado, y me acosté con el culito chorreando de semen…

Aquel día nos tapamos con las pieles, aunque hacía algo de calor y nos dormimos abrazados. Aún llovía y mi culito seguía dilatado y chorreando leche blanca… Admiraba a mi maestro. ¡Era tan perfecto! Lo quería, estaba enamorado de él. No quería separarme jamás de su lado… Me había enseñado muchísimas cosas y me había desvirgado…Al final los rumores eran ciertos… Los pedagogos se tiraban a sus alumnos como parte del proceso educativo, pero ¿Qué significaba yo para él? ¿Era solo un alumno más? Pensar en aquello me ponía triste… Quizás él no sentía nada por mí. Intenté no pensar en ello y me dormí, apoyando mi cabecita en su pecho, mientras el me sujetaba por la cintura. No me soltó en ningún momento… Quería que supiera a quien pertenecía…

Los 2 días siguientes fuero extraños. Me folló varias veces más… En el río, en el bosque… Para él cualquier momento, cualquier postura y cualquier lugar era bueno… No se preocupaba por mi placer. Ni siquiera preguntaba si yo tenía ganas y eso me entristecía de verdad…

Pero el día fatídico tuvo que llegar, faltando una semana para que terminase el periodo educativo con Alcibiades… Era un día soleado y hacía mucho calor… Oí el sonido de los caballos y en seguida Alcibiades dejó de montarme… molesto, fue a ver quien llegaba. Tres hombres con túnicas de telas muy caras llegaron montados a caballo… Los reconocí. Me tapé, enseguida recordándome a mi mismo que era muy tímido. Eran tres de los otros maestros que me miraban con lujuria aquel día en la plaza… pero, ¿Qué hacían allí?

“Alcibiades, venimos por un asunto que no nos agrada comunicarte” Dijo uno. “Aunque estamos seguros que tu ya sabes el porque de nuestra visita… Nos has engañado y traicionado” Los tres hombres bajaron del caballo… “Tu no eres el ciudadano más rico de Atenas, y este documento lo demuestra…” Sacó un documento escrito en auténtico papiro. Debían ser ricos de verdad si poseían tan caro material… “Ganímedes no te corresponde como alumno… La lujuria te ha corrompido, Alcibiades. Nos llevaremos al chico con nosotros y tu serás juzgado por el consejo”. Alcibiades estaba perplejo… “¿Lujuria? ¿De que me estáis hablando! He sido un fantástico maestro para Ganímedes y ese documento es falso… ¡Esto es una conspiración! Díselo Ganímedes… ¿acaso no te he enseñado todo lo que tenía que enseñarte?” Uno de los tres me miró y antes de que pudiera contestar me dijo… “Si, dime Ganímedes, ¿cuantas veces Alcibiades ha osado penetrarte? ¡Estoy seguro de que más de una! ¿No es así?” Estaba asustado y avergonzado… Simplemente asentí con la cabeza… “¡¡¡Lo sabía!!! Has incumplido con la normativa… ¡Vendrás con nosotros!” dijo en tono muy serio y acusador aquel otro pedagogo. “¡¡¡No!!! No me podéis hacer esto. Soy el ciudadano más rico de Atenas… no iré a juicio… ¡Es un complot!” Alcibiades parecía desesperado…Tanto lo estaba que pronunció las palabras que más me han dolido en esta vida… “Os propongo un trato… Quedaos con él… ¡Folláoslo! Se que os gusta… Noto como lo miráis… Haced con él lo que queráis y dejadme marchar a mi…” No entendí como era capaz de decir esto… Lo dijo sin mirarme ni un momento. No pude aguantarlo y las lágrimas empezaron a caer sobre mis mejillas… “Alcibiades, pero yo te quiero, ¡soy tu alumno! ¡Por favor!” le dije asustado, arrodillándome ante él.

Simplemente me ignoró… “Ahí ves la nobleza de tu pedagogo… Está bien, aceptamos, pero huye y no vuelvas jamás…” dijo, uno de los tres maestros, que ya me miraba lascivamente… Alcibiades se fue, corriendo, sin más, sin despedirse… Empecé a gritar, a llorar, quería ir con él, pero no me dejaron. ¡Sentía un dolor enorme en el corazón, creía que me ahogaba… Ellos fueron todavía más fríos. Uno me cogió de los brazos, otro de las piernas. El tercero me ató las manos. “Las piernas no, que las necesitará abrir” Todos reían y bromeaban, se burlaban de mí y hablaban de lo que iban a disfrutar… Me quitaron la poca ropa que llevaba sin poner apenas resistencia. No tenía fuerzas, estaba destrozado. Solo podía llorar y lamentarme. No dejaba de pensar en Alcibiades y en lo que me había hecho…

Me pusieron a cuatro patas. Se desnudaron los tres y por turnos me obligaron a que se la chupara. Mientras esperaban apoyaban un pie sobre mi culo, me escupían, me insultaban… Lo intenté hacer bien para que no me pegaran… “Vaya, Alcibiades te ha enseñado muy bien a comer polla…” Decían entre risas… Me obligaron a comer dos al mismo tiempo. No eran tan grandes como la de mi amado profesor, pero también tenían un tamaño considerable y me ahogaban… Me costaba respirar con aquello en la boca y con lo nervioso que estaba…

Después mientras seguía chupando, otro me empezó a follar, sin compasión, mucho más salvajemente que Alcibiades… Me penetró de golpe y mi agujerito estaba cerrado… Me dolía muchísimo, me estaba desgarrando… otro mientras, se masturbaba y me azotaba el trasero, me decía obscenidades, me humillaba y me escupía… yo solo lloraba, lloraba y lloraba. No podía ni gritar, pues tenía la boca llena… No podía resistirme, no tenía fuerzas… Solo llorar, llorar y llorar. Las lágrimas caían como un río, no paraba… No lloraba por el dolor físico que sentía… No me importaba que me estuvieran rompiendo el agujerito, ni que me golpearan… No me importaba nada de eso. Solo lloraba por Alcibiades, que había permitido que me hicieran esto y me había abandonado… ¡Y yo que pensaba que me quería! O que al menos me tenía cariño y algo de respeto… Pero había resultado ser tan egoísta como aquellos que ahora me estaban violando.

“¡Ahora te vas a enterar marica llorón!” Me dijo el que me había estado azotando… Se puso debajo de mí, e intentó meterme su rabo grueso mientras su compañero me follaba. ¡Estaban locos! “¡Abre ese culo o te vas a enterar!” me gritó. No lo podrían conseguir, me iban a desgarrar. Poco a poco otra polla entró en mi agujero acompañado de un gemido de aquel animal, sin poder evitar que empezara a sangrar… no tenían compasión…Por un momento me pude olvidar de Alcibiades para concentrarme en como salir de aquella situación… Me iban a matar si seguían así. El dolor de aquella doble penetración era indescriptible. Simplemente pude pedir ayuda a los Dioses… era lo único que me quedaba: un milagro…

Y el milagro llegó en forma de Alcibiades. ¡Verdaderamente era un milagro! Primero pensé que era una alucinación causada por el profundo dolor que sentía. Pero no fue así… De entre la vegetación, apareció él, con una roca y dio un golpe profundo, brusco y seco al que me estaba llenando la boca… Cayó al suelo, y lo mismo hizo con uno de los que me penetraban… Tan concentrados y a gusto estaban con aquella penetración que reaccionaron demasiado tarde… el tercero fue sencillo, pues ya estaba tumbado en el suelo y le costó levantarse.

Yo seguía llorando. Ahora estaba en el suelo, rodeado de tres hombres inconscientes a mi alrededor. La sangre salía de sus cabezas, pero también salía de mi culito adolorido… “¿Y ahora qué?” pensé. Alcibiades me había salvado de aquellos salvajes... pero también había sido el responsable de aquella violación múltiple... ¿Por qué había vuelto? Las respuestas vinieron en forma de frases rápidas, nerviosas, entre lágrimas… de aquel que había sido mi maestro y al que yo tanto amaba.

“Ganímedes, perdóname, lo siento tanto… He sido muy egoísta… Yo te quiero, te amo, tenía miedo de reconocerlo, pero ahora ya está. Todo pasó. Nunca te abandonaré... ni nadie te volverá a hacer daño. Estarás a mi lado para siempre y nunca te dejaré. Por favor perdóname... por favor. Lo lamento tanto. Venga pequeñín... Ganímedes...” Mientras decía esto lloraba y me cogía de la mano... Yo estaba tumbado en el suelo, muy adolorido, aunque ya no lloraba. Solo lo miraba a los ojos, fijamente. Y en esos ojos fue en los que vi, una sinceridad total. Vi los ojos de un enamorado, de un hombre enamorado con miedo a perderme, con ilusión pero también con mucha pena… Sonreí y…

No me pude contener. Lo abracé fuertemente y volví a llorar, esta vez de alegría. Era un sentimiento extraño. Me abrazó, me vistió como pudo, con cuidado y delicadeza y me cogió en brazos para llevarme a uno de los tres caballos que tranquilamente miraban lo sucedido… Me subió a un caballo y él se colocó detrás y nos fuimos, cabalgando tranquilamente hacia no se donde. Durante el viaje, estuvo más cariñoso que nunca, abrazándome por detrás todo el tiempo, cogiéndome de la cintura, besándome tiernamente el cuello y repitiéndome cada minuto lo mucho que me quería y lo felices que íbamos a ser juntos…

Llegamos a un pueblo extraño, donde me llevó a un médico que sanó mis heridas y nos instalamos en una cabaña lejos de Atenas y cercana al mar. Con el tiempo, Alcibiades se volvió a enriquecer, gracias a su gran habilidad en el arte de los negocios y mandó construir una bonita casa desde donde se podía ver toda la costa.

Crecí junto a él y nunca más me volvió a tratar mal… Era siempre muy cariñoso, siempre que hacíamos el amor se preocupaba al máximo de mis sentimientos… estábamos tan enamorados…

Desgraciadamente, las cosas siempre se tuercen y hace un año enfermó y murió, acabando así la más bonita historia de amor que jamás he vivido y dudo que viva en los próximos años. Yo decidí volver a Atenas con mi familia, que se alegró muchísimo de verme, pues ya me habían dado por perdido… Ahora vivo feliz con mis padres, aunque dudo que jamás pueda olvidar al hombre que me enseñó todo en esta vida, Alcibiades.



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